Por Victoria Ramos

[Aquí está, por fin, la versión casi íntegra de la entrevista que publicamos en el número impreso de marzo/abril de ÉRASE UNA VEZ. Para la edición en papel tuvimos que recortar, por evidentes motivos de espacio, el contenido de la misma. Buscábamos, de alguna manera, ofrecer un pequeño homenaje a la librería El Dragón Lector, que recientemente celebraba su 10º cumpleaños. ¡Felicidades!]

Pilar Pérez trabajaba en una editorial infantil y un día decidió que quería ver a los niños con los libros. Así nacieron Leo –un tierno dragón apasionado de los libros– y El Dragón Lector –la librería donde habita–. Ahora cumplen 10 años dedicados a intentar transmitir un mensaje: “La diversión está en los libros”.

– Leo acaba de cumplir 10 años… ¿Con qué sueña ahora?
Realmente su sueño era ése, cumplir. Cumplir 10 años es para nosotros un sueño hecho realidad. Nos parece mentira llevar toda una década en una actividad tan difícil y en un momento tan complicado. El gran sueño, nuestra gran alegría, se ha cumplido. Para nosotros estos 10 años han sido maravillosos. Cada día ha sido un sueño. Cada día en la librería es vivir una ilusión con los libros, los niños, las familias.
Leo sueña con seguir creciendo. ¡Tiene mucho que ofrecer! En estos 10 años se ha hecho mayorcito, ha madurado y es capaz de hacer más cosas. Para nosotros es como una puesta de largo. Estos 10 años eran como una meta inalcanzable… Saber que ha cumplido, con esa sorprendente respuesta de medios, familias y profesionales, nos parece increíble. Ahora estamos reflexionando mucho sobre todo lo que nos pide Leo. Muchas veces los hijos nos piden más… Leo lleva ya tiempo pidiéndonos más cosas. En la cabeza te bullen un montón de ideas. Ahora toca reflexionar y decidir hacia dónde vamos a tirar y qué más cosas podemos hacer.

– ¿Cómo nace la idea de la librería?
Hay ocasiones en las que tienes un sueño y no eres consciente de las cosas que vas haciendo en el camino. Yo trabajaba en una editorial especializada en literatura infantil. ¡Me apasionaban los libros! Pero no veía a niños con libros. Veías nacer el proyecto, lo ibas viendo crecer… Y cuando el libro se publicaba se te convertía en una tabla de Excel o en meros números de rotación. Ahí surgió la idea de que me gustaría ver a los niños con libros. Aquello fue madurando y un día llegó el momento de dar un paso hacia adelante. Fue como encender una chispa.
Tengo una familia, tres hijos y un marido que nos apoyamos en todo. Surgió el proyecto y todos me apoyaron. José [Andrés Villota], mi marido, escribió el cuento; por azares de la vida, una de mis hijas entró a trabajar conmigo desde el segundo día, y nuestro hijo, que es diseñador gráfico, creó el logo e ilustró el cuento. Queríamos un dragón tierno. Todavía no estaba abierta la librería y ya se hablaba de un dragón. Entonces, una niña comentó: ¿Pero el dragón va a estar ahí? Y nos dimos cuenta de que Leo podía dar miedo, así que debía ser dulce y tierno. En diciembre de 2003 empezamos a darle forma a todo: la imagen, el cuento… Y en 2004 abrimos la librería.
Mi hija era muy organizada y me dijo: “Mamá, tú siéntate a pensar, que yo trabajo”. Aquello fue maravilloso. Ella trabajaba con los pedidos, los albaranes… Y yo pude avanzar con el proyecto aquel año. Se creó un club de socios novedoso, original, que no ha podido continuar hasta hoy por la dimensión que alcanzó. ¡Llegaron a ser más de 500 miembros! Y claro, eso de enviar cartas y un regalito por cada cumpleaños era una tarea imposible. Ahora hemos cambiado el planteamiento de socios. Contamos con una base de datos muy grande y tenemos mucha presencia en las redes sociales, pero se ha perdido parte de esa relación directa, aunque sí que se conserva con los bebés.

Un momento de la conversación entre Pilar y nuestra
redactora, Victoria Ramos (de espaldas), el pasado febrero.

– ¿Precisamente, cómo surgieron los talleres para bebés?
El proyecto Mi primera biblioteca, creado hace dos años, surge a raíz de una experiencia personal. Nace mi nieto y llegan a la clínica plantas, vestidos, colonias… ¡pero ningún libro! Y los libros para bebés existen. Nosotros defendemos que se debe trabajar desde el principio de la vida de un niño… algo que a la gente le encanta. Casi todos nuestros clientes han recibido ese regalo. Es algo muy personalizado. A esos bebés les convertimos en socios de Mi primera biblioteca. La idea es que las familias sientan que pertenecen al universo de los libros.
Mucha gente nos comenta que nunca se habían planteado que pudieran existir libros para lectores tan pequeños. Pero al tenerlos, los han usado y les ha resultado una experiencia fantástica. También cuenta la satisfacción del que regala un libro de esas características: sabe que regala algo muy personal, que va a tener un impacto tremendo. Es el comienzo de una labor, como plantar una semillita. Se trata de un regalo con mucha trascendencia. Todo eso está relacionado con el fomento de la lectura. Leo les da así la bienvenida. Muchos padres no saben qué contestar cuando se les pregunta por qué quieren que su hijo lea, pues la respuesta va más allá de la mera diversión.

– ¿Cómo transcurrieron los primeros años de Leo?
Leo nació muy chiquitito, y no me refiero sólo a dimensión. Parecía que era un proyecto muy corto. Teníamos una librería infantil en la que poder exponer y vender libros que nos gustaban y poder transmitirlos… Pero desde el primer día nos dimos cuenta del potencial que la librería tenía. Cuando organizamos la primera actividad y vimos las caras que ponían los niños, las familias en general, nos dimos cuenta de que no se trataba de una simple librería. El proyecto fue transformándose poco a poco. Lo que había sido concebido como una librería infantil y juvenil, apoyada por actividades de fomento de la lectura, fue mutando y empezamos a notar que lo que realmente cogía mucha fuerza eran las actividades paralelas que organizábamos.

– ¿Dónde está el origen de la historia de Leo?
Inauguramos la librería el 4 de marzo de 2004. Repartimos 1.000 globos rojos con nuestros dragones por el barrio. ¡La plaza de Chamberí era una nube roja! Los niños venían con su globo a por caramelos y ese día contratamos a una profesional para que contara el cuento de Leo.
El proyecto nació muy fuerte en términos de identidad. Queríamos transmitir algo sobre los libros a los niños. Antes de abrir la librería pedí a mi marido que escribiera un cuento que explicara lo que buscábamos transmitir, tanto a pequeños como a familias y profesionales. Cuando escuchamos cómo se contaba ese cuento nos dimos cuenta del impacto que realmente podía tener. La historia de Leo, el dragón lector, que es un cuento de animación a la lectura, que defiende los libros, es una gran defensa del libro. En aquel momento empezó a transformarse el proyecto. ¡Éramos tan felices! Pero una semana después de la inauguración, con la librería recién montada, llegó el 11M. Cuando comprobamos el impacto que aquello tuvo nos dimos cuenta de que debíamos hacer algo, y que teníamos los medios para hacerlo, pues contábamos con el espacio. Diseñamos así el primer taller. Convocamos a un montón de niños con sus familias y, sin apenas experiencia, nos pusimos manos a la obra: Dibujos para la paz. Fuimos conscientes de que podíamos hacer algo. Aquel mismo verano creamos las semanas del libro, con la celebración de diversos talleres. Todo sucedió muy rápido.

José lee un extracto de ‘Leo, el dragón lector’ –que él mismo
escribiera– durante la entrega de los premios El Dragón Lector 2014.

– ¿Cómo ha evolucionado Leo en esta última década?
Estamos regresando al origen, a fomentar la lectura, a implicar a la familia, a disfrutar de la lectura… a ser, en definitiva, activos. Todas las actividades que diseñamos son para la familia. No nos negamos a que la librería se convierta en una guardería, pero nos gusta que las actividades que organizamos repercutan en la familia. Buscamos provocar que los padres cuenten cuentos, que se involucren a la hora de elegir un libro y que sean conscientes de cuál es el más adecuado en cada etapa de la vida de sus hijos…
Nos hemos dado cuenta de que ese fomento de lectura funciona también en otros ámbitos y participamos en los planes de lectura de educación primaria de algún colegio. Cada vez vamos a más colegios con un proyecto que se llama El Momento mágico. El nombre responde a ese momento que experimentamos todos al leer un libro. Eso es lo que trabajamos con los niños. Son apenas tres sesiones prácticas, motivadoras, en las que intentamos que les haga ilusión ver un libro, conocerlo, tocarlo… Este año nos han ampliado otro curso. En un centro estamos ya en 1º y 2º de primaria. En otro nos han llamado para empezar en 3º. El resultado ha sido espectacular… Hace poco vino una editora a comentarnos que uno de sus sobrinos, alumno en uno de esos colegios, llegó una tarde llorando a casa porque se acababa la actividad de El Dragón Lector. Y que cada noche llega ahora a casa con ilusión, enciende una lamparita, coge un libro y convierte su cuarto en un rincón mágico. En este sentido, la actividad que organizamos no es suficiente, sino que el apoyo de las familias y los colegios resulta fundamental. Cuando la colaboración es la adecuada, los resultados son sorprendentes. Queremos seguir en esta línea. Es una de las cosas que permiten que Leo crezca, saliendo además de la librería.

– ¿Los lectores se hacen?
Sí, desde muy temprano. En muchas ocasiones sucede que cuando un niño que no sabe leer pide un libro, los padres recurran al típico argumento de “te lo compraré cuando sepas leer” para zanjar la cuestión. Pero las cosas no deben ser así. Cuando algunos padres nos preguntan a qué edad pueden los niños empezar a jugar con los libros, yo suelo ser tajante: ¡desde el embarazo! Hay familias que se quedan un poco impactadas. Sin embargo, estoy convencida de que cuando una mujer embarazada se tumba al final del día, el bebé se prepara y la voz de su madre le llega con claridad.
Los talleres que organizamos para bebés surgieron porque una madre nos dijo un día: “Vosotros tenéis muy claro el tipo de libro que necesitan los niños en cada momento, pero para nosotros es más complicado. ¿Por qué no nos lo contáis?” Así fue como empezamos a diseñar esas actividades para bebés de entre 4 meses y 2 años. El objetivo era aprender a elegir el mejor libro para cada momento, no sólo respecto al desarrollo del niño, sino también para cada momento del día.
Hay libros que estimulan (exaltan y enseñan a los lectores); los hay que juegan (divierten y despiertan los sentidos), y los hay que tranquilizan. Intentamos orientar a los padres de una forma práctica.
A lo niños les decimos que se lo van a pasar muy bien si participan en nuestras actividades y muchos se dan cuenta rápidamente de que con los libros pueden hacer de todo. La idea es que el bebé note que toda la diversión emana del libro. Si cantamos una canción infantil, hay que sacar un libro como apoyo. Si cantas, “hace tiempo que no duermo porque no encuentro a mi pollito…”, es fundamental mostrar un libro de un pollito. El bebé percibe así el mensaje de que la diversión está en los libros. Ése es el gran mensaje.

Otro momento de la entrevista.

– ¿Y después?
A partir de ese momento viene el ejemplo que pueda dar la familia, la constancia, la lectura en familia… El niño nunca tomará la iniciativa por sí solo. Debemos apoyar esa labor hasta que maduran. Cuando ya sabe leer es muy habitual que algunas familias que le han acompañado antes en la lectura digan: “Ahora tienes que leer tú solo”. Al niño se le cae entonces la lectura, porque se le está cayendo el momento afectivo. La lectura en familia no es sólo lectura. Se trata de un encuentro familiar. Si a un niño que ya sabe leer le dices que ya no le acompañas más en su actividad, es probable que eso repercuta directamente en su ilusión por la lectura. Debemos acompañarle y dejar que madure. ¡Tampoco se trata de leer a su lado toda la vida! Es mejor dejar que madure y esperar que sea él mismo el que un día diga que prefiere leer solo.
No olvidemos que el libro debe suponer ilusión. Llega un momento en el que, educativamente, el libro significa trabajo. En ese momento debemos estar muy a su lado para mantener la ilusión, sin remarcar en exceso la obligación. Una forma de lograrlo es posibilitar que vivan los libros en primera persona, que sean ellos los que elijan los títulos. ¡Lo importante es que lean!
Hay algo que nos enseñó el filósofo José Antonio Marina, que nos ofreció unas claves muy claras en su libro La magia de leer: el disfrute de la lectura está directamente relacionado con el esfuerzo que provoca. Si leer te cuesta trabajo, no lo vas a pasar bien. A medida que vas superando la técnica, la lectura empieza a ser cada vez más divertida… Entre los 6 y 8 años lo importante es que lean, lo ellos que prefieran. Leer no debe ser un imperativo. Hay que mantener la ilusión para que sigan leyendo, para coger la destreza de la lectura. De lo contrario, nunca lograremos que se convierta con la edad en un lector asiduo. Viene gente a la librería que busca iniciar en la lectura en sus hijos, pero ellos mismos no son lectores asiduos. Y no lo son porque nunca lo fueron, ni siquiera al comienzo de sus vidas. “Es que me canso, me cuesta; leo un párrafo y cuando he llegado al final tengo que volver al principio”, argumentan. Las primeras etapas de la vida son fundamentales en ese sentido. Es muy difícil que si una persona no ha adquirido esa destreza al comienzo de su vida la coja después, porque le va a costar trabajo leer.

– ¿Qué cambios habéis apreciado en el mundo de la literatura infantil?
Desde el principio quisimos apostar por el álbum ilustrado, pero la gente nos advertía de que eso no vendía, que se trataba de algo muy elitista. Yo sólo quería tener los libros que me gustaban. Empezamos dejando apenas dos estanterías para este tipo de libros. ¡Mirad lo que hay ahora! El álbum ilustrado está cada vez mejor valorado, pues cada vez se valora más la calidad. A gran escala, es probable que mucha gente siga prefiriendo los libros con dibujos de la tele. Pero ha crecido considerablemente el número de personas que valoran la buena ilustración.
Es cierto que en la evolución del álbum ilustrado en España hubo un hito clave a finales de 2005: el famoso álbum Princesas olvidadas o desconocidas , ilustrado por Rébecca Dautremer. Cuando me contaron cómo iba a ser aquel trabajo yo estaba impactada. Pensé realmente que iba a ser un éxito tremendo. Los de la editorial me llegaron a decir que estaba exagerando un poco. Cuando les pedí 50 ejemplares, se asustaron por tratarse de una librería pequeña. Así que me enviaron sólo 25 ejemplares a modo de prueba. Una semana más tarde habíamos vendido 19. ¡Ni llegamos a colocarlo en el escaparate! Estaba encima de la mesa, al lado de la puerta. Aquel libro entró en muchos sitios… La gente empezó a disfrutar aquello como un objeto de deseo. Las ilustraciones eran una auténtica maravilla. Esa tendencia se ha empezado a extender. Lo del pasado mes de diciembre, con la visita a Madrid de [Benjamin] Lacombe, fue como vivir un sueño. Que un ilustrador “mueva” todo eso era impensable hace apenas unos años.
Dautremer y Lacombe han dejado de ser excepciones, aunque la francesa, en mi opinión, sigue siendo pionera, creadora de un estilo que está a años luz de todo lo que llegó después. Si abres las páginas de Seda, uno nota que Dautremer está a otro nivel. Ha creado un estilo que han aprovechado otros. Princesas estaba dirigido a niñas de 9 o 10 años. Aquella Navidad lo vendí como regalo para mujeres mucho mayores… No tiene edad. Otros autores sí son más infantiles.

Entrega de los premios El Dragón Lector 2014, el pasado 4 de marzo.
El Premio Editorial El Dragón Lector fue para Cuento de Luz, un sello sorprendente
creado por Ana Eulate (a la derecha de José). El Premio Dragón Ilustrado fue para
el libro ‘La gota gorda’, escrito por Juan Villoro e ilustrado por Patricia Metola
(que recogió el premio y a la que se puede ver a la izquierda de Pilar).

También se ha producido una atomización tremenda de best sellers en la etapa que va de los 8 años a la adolescencia. Eso, por un lado, tiene un elemento positivo: los libros llegan a mucha gente que de otra forma no los leería. El best seller tiene esa faceta: permite que determinados niños sigan leyendo. Pero existe también una vertiente negativa a nivel editorial. No tengo ningún problema con el hecho de que una editorial lance un best seller. La pega es algunas abandonan sus catálogos… En este sentido destaca, por ejemplo, la buena labor de Salamandra, que, con un éxito como Harry Potter, mantuvo su actividad normal y su catálogo no se vio afectado. Otras, en cambio, vaciaron sus catálogos. Eso es perder riqueza. En literatura infantil no es primordial lanzar novedades permanentemente. El niño crece y va “pasando” por los libros, no a la inversa. Esa obsesión por la novedad provoca a veces que los catálogos se vacíen y se pierdan cosas maravillosas.
Nosotros, por otra parte, valoramos mucho a las editoriales que también se dedican a recuperar títulos. Kalandraka, por ejemplo, ha evolucionado de forma muy diversificada. Además de sus éxitos –que funcionan muy bien– ha recuperado clásicos: todo lo de Sendak lo están sacando ahora, que estaba muy abandonado, al igual que la biblioteca de Adela Turín o los trabajos de Tomi Ungerer.
La política de subvenciones sólo a las novedades en edición puede haber sido negativa en algunos casos. No se debe abandonar la reedición. Nunca he entendido como se puede descatalogar un premio nacional y, por el contrario, no puedes tirar una pared en tu casa sin solicitar antes montones de permisos y licencias… Un libro es un patrimonio cultural. La responsabilidad no es sólo de la editorial. De alguna manera debemos potenciar eso. No se puede descatalogar nuestro patrimonio. Muchas veces te piden cosas buenas que ya no existen. Cuando abrimos la librería, por ejemplo, mucha gente nos pedía Los tres bandidos, de Ungerer, que estaba descatalogado. Roald Dahl es otro que siempre se vende bien. Son clásicos que no pasan de moda, no pierden actualidad. Abandonar cosas así es doloroso.

 

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