Por Victoria Ramos

El IX Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil ha ido a parar a manos de una historia de Blanca Álvarez, ilustrada por Laura Catalán. Desde ÉRASE UNA VEZ queremos dedicarle más espacio a esta obra elegida por Anaya: una historia sobre la guerra y el poder de las palabras, que pueden estallar en el aire, hacer cosquillas, llenarnos el paladar de dulzura o de sabor a leche y almendras. Del hechizo del silencio y las miradas…

Aún te quedan ratones por cazar es una historia escrita con enternecedora sencillez para acercarla a jóvenes lectores, pero dotada al mismo tiempo de un lirismo extremo que otorga a los párrafos el mismo poder evocador que posee la buena poesía. Por su calidad, lirismo, ternura, simbolismo, atención a lo delicado y complejo de las relaciones humanas… desde aquí lo recomendamos también para adultos. Con una sensibilidad exquisita y una lectura que fluye con suavidad, la autora nos introduce en el mundo de Ryo, un joven japonés que atesora las palabras, los momentos y los secretos que su padre compartió con él antes de partir hacia la guerra, así como esas palabras mágicas que le decía en ciertos momentos sin que nadie más supiera a qué se referían: “Aún te quedan ratones por cazar”… ¿O tal vez alguien más lo sabía?

Una historia de caricias del corazón, de lágrimas que llaman a otras lágrimas y de una guerra que lo cambia todo, no importa lo lejos que esté el frente. De un niño que se pregunta en qué consiste una guerra, porque no acaba de entender lo que le cuentan en el colegio sobre el honor, el sagrado suelo de Japón y el amor, palabras que convierten la guerra en algo hermoso. Ryo intuye que no lo es. No puede serlo algo que roba vidas. Y extraña a su padre. Y piensa en cómo arañan la ausencias. No entiende quién decide por qué tiene que haber una guerra a la que él no ve ningún sentido. La historia también abre puertas. Los pensamientos de Ryo abren ventanas a otros cultos, otras formas de respetar a los antepasados, otra cultura tan lejana como la de Japón –las delicadas ilustraciones del libro contribuyen de forma importante– y, sin embargo, tan parecida a otras religiones, cultos y supersticiones… En este contexto, Ryo nos muestra también su primer amor, uno que le hace crujir de felicidad, aunque a veces duele y otras hace cosquillas.

Sin embargo, la lejana guerra empieza a llenar el mundo de Ryo. La guerra llega en forma de una catana en manos de oficiales para derrumbar su mundo. Y así comenzamos a vislumbrar la pérdida de la infancia, la intuición de que necesita madurar, los mordiscos de la soledad aliviada en parte por un gatito de color paja, de la distancia que hay hasta el corazón de los adultos, porque algunos encierran todos sus sentimientos dentro y no se sabe cómo llegar a ellos, de las distintas formas de afrontar el dolor, de la lucha que hay que librar para recuperar la ilusión.

¿He olvidado situar esta maravillosa historia? Pues termina una mañana soleada y normal en la que Ryo parte a la aventura en busca de una mirada y una sonrisa… Un día en el que Ryo sale a cazar ratones y es feliz porque logra su hazaña. Es una mañana normal, el 9 de agosto de 1945. En Nagasaki.

“La vida de Ryo se dividía en dos orillas, como los ríos:
Antes.
Después.
El río era la guerra”.

“Cada vida es única, irrepetible. Cada uno de nosotros, por tanto, está obligado a vivirla con el respeto que se debe a algo tan excepcional”.

A partir de 10 años.

Autora: Blanca Álvarez
Ilustraciones: Laura Catalán
Editorial: Anaya Infantil y Juvenil
Precio: 9,50€

 

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